TESTIMONIO

BLANCO MI PELO, NEGRA MI PIEL: ¿QUIÉN SOY?

DAISY RUBIERA (Santiago de Cuba 1939)

BLANCO MI PELO, NEGRA MI PIEL: ¿QUIÉN SOY?

Yo soy Reyita, una persona común y corriente. Una persona natural, respetuosa, servicial, honrada, cariñosa y muy independiente. Para mi mamá fue una desgracia que yo fuera  —de sus cuatro hijas— la única negra. Siempre sentí la diferencia que hubo entre nosotras; porque el afecto y el cariño de ella hacía mí no era igual al que sentía por mis hermanas. Me corregía en mala forma, a cada rato me decía: “La negra esta, la ‘jocicúa’  esta.” Siempre me sentí desairada por ella.

Yo fui víctima de una terrible discriminación por parte de mi mamá. Pero si a eso se suma la que había en Cuba, se podrá entender por qué nunca quise un marido negro. Yo tenía una razón importante, que lo explica todo ¿sabes? No quería tener hijos negros como yo, para que nadie me los malmirara, para que nadie me los vejara, me los humillara. ¡Ay, sólo Dios sabe…! No quise que los hijos que tuviera sufrieran lo que sufrí yo. Por eso  me casé con un blanco.

Tuve una etapa en que padecí mucho el Día de Reyes. Era muy triste para los pobres hacerles creer a sus hijos en la existencia de los Reyes Magos, y no poder        —aunque fueran buenos y se portaran bien— complacerlos con lo que pedían en las carticas que hacían. También resultaba muy triste quitarles aquella ilusión. ¡Con cuánto amor ponían las yerbitas, el agua, los dulces, al lado de sus zapaticos, dentro de los que dejaban sus carticas! Yo no podía aguantar los deseos de llorar al ver sus caritas tristes, decepcionadas porque lo que encontraban en nada se parecía a lo que habían pedido.

Sufrí mucho el Día de Reyes; y con más razón porque ese es el día de mi cumpleaños: nací un 6 de enero, el de 1902, por eso me pusieron María de los Reyes. Eso fue en “El Desengaño”, una finca que estaba en las afueras del poblado de La Maya, en la provincia de Oriente . Mis apellidos debían ser Castillo Hechavarría , porque mi mamá tenía el apellido del amo de mi abuelita, quien, además, fue su padre. Pero todos sus hijos sentíamos tanto odio por aquella familia —que ni conocimos— que mi hermano Pepe decidió que nos lo cambiáramos y nos pusimos Bueno  . Aquello no resultó difícil: ninguno estábamos inscritos.

Hace un buen tiempo que el Día de Reyes está colmado de felicidad para mí. Mi casa se hace chiquita para recibir a mi familia, que viene a traerme alegría y a estimularme cuando digo que quiero vivir hasta el 6 de enero del 2 002. Y qué hablar de los vecinos de la cuadra, que año tras año, el día 5 de enero a las doce de la noche, me traen una serenata y un cake y lo comemos entre todos. Sí, ¡a esa hora! Y nunca me ha hecho daño, porque bailamos y cantamos un ratico. Ahora me siento una mujer feliz el día de mi cumpleaños. Por eso he jurado morirme ese mismo día, cuando cumpla los 100 años.

La felicidad para mí en los primeros cincuenta o sesenta años de mi vida fue de raticos en raticos. Deja ver cómo hilvano las ideas para poder contarte todo aquello… Es como volverlo a vivir, es abrir de nuevo heridas que he querido mantener cerradas, aunque algunas noches me desvelo y todo me pasa por la mente como si fuera una película.

NEGROS CON NEGROS

Ese amor que mi abuelita me inculcó por su tierra natal influyó mucho en mi determinación de incorporarme al movimiento de Marcus Garvey   —para irme para África—, cansada de ser discriminada por negra. En Cueto yo me colaba en la casa de Molvaina Grand, miss Molly, en unas reuniones que ella y su esposo, Charles Clark, daban los domingos. Ellos dirigían esa organización y a mí me gustaba mucho conversar con ellos. Yo era muy inquieta —adolescente al fin— y siempre me gustaba estar en algo. Los jamaicanos tenían mucho embullo con eso de irse para África. Después de varias reuniones, ya yo tenía el mismo o más entusiasmo que ellos y me metí de lleno en el movimiento. Estábamos seguros de que allí las cosas serían diferentes: negros con negros ¡tenía que ser diferente! Íbamos a ser una gran familia y, sobre todo, sin discriminación racial.

Miss Molly se dedicaba a lavar y a planchar pago, pero sólo camisas blancas de cuello duro; y, además, hacía unos dulces muy ricos para vender: yemitas de coco y otros que se llamaban cocoanut. Las yemitas de coco se preparaban con coco rallado y azúcar, eran fáciles de hacer. Se rallaba el coco y se le sacaba la leche; esta se ponía a hervir con azúcar, canela en rama, anís y vainilla y se le echaba un puntico de sal, se dejaba espesar a punto de melao’ , se enfriaba y se batía en la misma vasija, con una paleta de madera. Cuando se ponía duro, se vaciaba en una tabla y se amasaba, luego se hacían las yemitas y se iban colocando en otra tabla para que se terminaran de secar. El cocoanut era más difícil: se hacía con coco rallado, azúcar, canela, anís y vainilla, algo así como una cocá’ , y cuando estaba espesa se batía con la paleta de madera, luego se iban sacando con un moldecito de madera y se depositaban sobre una tabla para que se secaran. Esos nunca los pude hacer bien, no logré jamás cogerle el punto exacto a la hora de batir: siempre se me azucaraban.

El señor Clark, en aquellas reuniones dominicales, ofrecía una información acerca de África y la vida de los africanos, y sobre la cantidad de tierras que estarían a nuestra disposición cuando llegáramos allí. Cuando lo oía recordaba las historias de mi abuela Tatica.

Yo era muy activa, me dieron la tarea de visitar a otros negros para convidarlos a que se incorporaran; embullé a muchos de mis amigos y a algunos de mis familiares negros. ¿Tú entiendes? Recuerdo a una señora que yo convencí para que ingresara; era viuda y tenía dos hijas y aceptó porque decía que “así mis hijas no tendrían que trabajarles de sirvientas a los blancos”. En el movimiento, en Cueto, había alrededor de cincuenta cubanos. Yo recuerdo bien a Linda, a Yeya, a La China, a Aurelia, a una maestra que se llamaba Victoriana Ochoa y a Sibí, una jamaicana llamada miss Luz.

Para recaudar los fondos con que comprarían los barcos en que nos iríamos —ya teníamos uno, el “Antonio Maceo”— había que pagar una cuota de veinticinco centavos semanales, se hacían rifas, y fiestas en las que se cobraba la entrada y todo lo que se ofrecía. La actividad en que más dinero se recogía era como una feria, donde se vendían comidas y dulces tradicionales, tanto jamaicanos, como cubanos; no se tomaban bebidas alcohólicas, sólo jugos de frutas naturales.

Esas fiestas eran muy alegres, acudían muchas personas. Claro, no había muchos lugares donde los pobres —y, sobre todo, los negros— pudieran ir a divertirse. La música que se ponía para animar era de los dos países; para eso se tuvo que tomar un acuerdo: como los cubanos querían su música y los jamaicanos la de ellos, se decidió que se haría por sorteo y se pondría la que ganara. ¡Tremenda algarabía la que se armaba, al saberse la ganadora!

Los negros no podían ser alcaldes ni nada de eso; a las maestras negras las mandaban a trabajar a Monte Ruth, a Jarahueca, a esos lugares, en el campo. ¿En el pueblo?, ¡qué va!, ahí no. A los negros no les daban un puesto importante aunque tuvieran capacidad. Hubo excepciones, pero por conveniencia de los políticos. A las niñas negras, a las negritas, las ponían a trabajar en las casas de los blancos, y allí las pelaban “para no verles las ‘pasas’ revueltas”. En fin, eran muchas las cosas que no estaban de acuerdo conmigo y, aunque me sentía muy cubana, por eso me quería ir; aunque no me imaginaba dónde quedaba África. Sabía que existía, que era uno de los cinco continentes, pero no tenía idea de dónde estaba. Pero seguro que allí las cosas serían diferentes.

Había una canción jamaicana, que traducida al español decía más o menos:

Corre buen hombre

corre buen hombre

corre buen hombre

róbate un poco de arroz con pollo

póntelo en los dos bolsillos…

No la recuerdo completa, no la podría escribir, no era en inglés, era un lenguaje como el de los calipsos .

Hubo mucha actividad cuando se anunció la visita de Garvey a Cuba; eso fue allá por el año ’21. Las fiestas se daban más a menudo para aumentar la recaudación de los fondos. También hacíamos almuerzos colectivos y todos teníamos que dar una cantidad de dinero para los gastos. Allí se pagaba todo lo que se consumía, lo que sobraba se lo dábamos al tesorero. Charles Clark y otro más, que no recuerdo el nombre, daban más mítines; aumentamos las visitas para convencer a más personas para que se fueran.

Cuando Garvey estuvo en Santiago, yo no pude venir, tenía que trabajar, pero los jamaicanos asistieron todos y ¡Dios mío!, qué contentos estaban cuando regresaron a Cueto, qué alegría y qué esperanza tan grande llevaban a su regreso. Nos contaron todos los detalles de la visita. Irnos para África, para el hogar de nuestros antepasados, vivir como una gran familia, todos iguales, era la libertad verdadera. Ese era el mensaje que llevaron los jamaicanos.

Al cabo de un tiempo las actividades se redujeron. A los negros que dirigían el movimiento los perseguían, a algunos  los devolvieron a su país. Todo se empezó a hacer un poco en secreto, ya casi no se cobraba; en fin, yo no llegué a saber exactamente qué pasó, por qué se disolvió aquello , ¡pero fue triste, muy triste! Todas nuestras esperanzas se fueron al piso. Para mí aquello fue como si de pronto ¡pan!, me dieran un golpe: me tenía que quedar en Cuba, seguir sufriendo por negra. Después de aquello, de una cosa yo sí estaba segura: ¡tenía que imponerme a la discriminación!

-PARA EL TESTIMONIO COMPLETO-  TESTIMONIO DAISY RUBIERA

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