CINE

Una isla para Sara Gómez

Por Inés María Martiatu

A Sarita

El cine, como medio de comunicación de masas, es de tal agresividad que muy a menudo siento mi profesión como un reto y un privilegio. Cuando pensamos que millones de espectadores con diferentes niveles y extracciones van a recibir nuestras imágenes sonoras, y que estas le agredirán en la pasividad de una sala cinematográfica garantizando toda la atención de aquellos nos sentimos obligados a un rigor ideológico y formal sin límites. Por ellos y para ellos [los cubanos] habrá que hacer un cine sin concesiones, que toque la raíz de sus intereses, un cine capaz de expresarlos en sus contradicciones […]
Sara Gómez

Una negrita clase media que tocaba el piano

Sara nació en el seno de una familia negra de clase media, de profesionales y músicos por tradición. Ella recibió una esmerada educación familiar que incluyó estudios de Bachillerato en el Instituto de La Habana y de música, piano, en el Conservatorio Municipal —hoy Amadeo Roldán— punto importúnate en su formación. Se desenvolvió en el ámbito familiar de su abuela paterna. Junto a ésta, cuatro tías la criaron y educaron. Profesora de piano una y de pintura otra. Dentista y modista respectivamente las otras dos. En su familia se destacaron además varios músicos que mantenían la tradición de las bandas y uno de ellos llegó a tocar en la orquesta Filarmónica de La Habana y luego en la Orquesta Sinfónica Nacional. Así también debemos subrayar como un hecho importante su participación siendo muy joven aún como alumna en el Seminario de Etnología y Folklore del Teatro Nacional de Cuba organizado por el profesor, investigador y músico Argeliers León, donde tuvo también como profesores a figuras como Isaac Barreal, María Teresa Linares y Manuel Moreno Fraginals. Estos y otros elementos de su formación llegarían a influir notablemente en su obra posterior como artista.
Sara era una intelectual y muchas veces se ha querido confundir torpemente su obra, su interés por diferentes aspectos de la marginalidad con su personalidad y hasta con su vida y origen. Nada más superficial ni tendencioso. Esto sin duda es producto de la ignorancia pero también de los prejuicios por su condición de mujer y de negra.
Un caso notable en ese sentido es la imagen de Sara Gómez que se construye, porque no podemos decir de otra manera, en el documental de la realizadora Suiza Alessandra Müller (1) dedicado a la vida y obra de la cineasta cubana. En diversas secuencias la directora incluye extensos fragmentos de los documentales de Sara. En otras hace énfasis en aspectos superficiales de la obra y la vida de la cineasta con un propósito tendencioso. Nos muestra algunos detalles de su vida familiar o privada en que la realizadora excluye lo esencial y destaca lo anecdótico y más superficial. Tal es el caso de su divorcio de un hombre blanco y posterior matrimonio con uno negro. En la forma en que se presenta la relación y la conducta de Sara se enfatizan algunas falacias con que se ha estereotipado la percepción de la conducta sexual de la mujer negra y mestiza desde siempre: “La imagen de la mujer negra en la sociedad cubana en todas las épocas ha sido construida a base de estereotipos negativos. La violencia, el escándalo, la vulgaridad, el desorden y la promiscuidad sexual les han sido atribuidas”. (Martiatu 2004, p.55).
En la entrevista a la cineasta belga Agnes Vardá, en el documental de Alessandra Müller, se soslayan quizá aspectos sobre la creación y el papel de la mujer como cineasta. Se sabe que Sara ayudó y guió a Vardá al seleccionar los tópicos del documental Saluts les cubains (2) en que aparece una Sara juvenil y bailando. En esta entrevista se destaca la declaración de Agnes de que ella estaba buscando una muchacha que supiera bailar cha cha chá ¿? Dados los logros del documental, aunque Sara también sabía bailar muy bien, no es probable que ese haya sido el aporte principal de Sara Gómez al documental de la francesa Vardá ni mucho menos el tono de las relaciones entre estas dos mujeres creadoras.
El tema de la Santería, entre otros, se sobredimensiona como si la cineasta hubiera sido una iyalocha (3). Incluso se incluyen ritos funerarios que sólo tienen lugar cuando una persona está iniciada formalmente en esa religión, lo cual no era el caso de Sara. De una manera seguramente premeditada, en el propio documental se omiten aspectos fundamentales de su formación y el entorno de la familia de clase media donde se crió Ni una mención o imágenes de sus padres, ni de la Sara estudiante, ni una toma del Instituto de La Habana donde estudió bachillerato, ni del Conservatorio donde recibió clases de música. Tampoco aparecen su abuela y tías paternas que la criaron y educaron, ni las fotos de su fiesta de quince años o de su viaje a Nueva York a visitar a su madre que residía en esa ciudad. Nada del entorno de una muchacha bien criada de clase media. Es una Sara folklórica fabricada por la cineasta suiza en el más perfecto estilo complaciente y eurocentrista para desconocer a la Sara intelectual bien formada y consciente de lo que estaba realizando a través de su obra. Según el punto de vista de la cineasta suiza, la personalidad y la obra de Sara serían producto de la marginalidad (4) que ella estudia pero de la cual no ha formado parte. La Müller no quiere salirse del esquema, de la imagen predecible de una negrita cubana. Una cosmovisión que no acepta a una mujer negra intelectual en toda la extensión de la palabra como lo fue Sara.

¿Por qué una negrita clase media que tocaba el piano?
Sara, como sabemos muchos de los que tuvimos la suerte de conocerla y tratarla, era una persona de inteligencia muy aguda. De carácter alegre pero capaz de hacer gala de ironías y sarcasmos de los que hacía víctimas a algunos de sus conocidos. Pero ella, no se excluía a sí misma de sus propias ironías. Declaró en varias ocasiones que ella “no quería ser una negrita clase media que tocaba el piano”, por eso llegó a ser directora de cine. Esta frase jocosa fue malinterpretada por algunos como una manifestación de burla y hasta de rechazo con respecto a su origen. Sara, efectivamente, dejó de tocar el piano y se hizo directora de cine. Pero por supuesto siguió siendo una negrita clase media.
Esta expresión irónica de Sara ha llenado de confusión la imagen que algunos tienen de ella. Sara no rechazó nunca su origen y precisamente fueron la educación y el capital simbólico que le fue trasmitido por la familia de clase media negra de la que provenía y el entorno social en que se desenvolvían sus amistades, compañeras y compañeros de Su etapa de infancia y de estudiante después, que por cierto mantuvo hasta el final de su vida, los que le proporcionaron algunos rasgos identitarios que la acompañarían para siempre y que le hicieron comprender y desempeñarse como lo hizo dentro del ámbito de la cultura cubana, entre ellos una sólida conciencia racial y de clase.
Eso está bien claro en uno de sus primeros documentales, Guanabacoa, crónica de mi familia(5). Donde de forma bien explícita y con gran sensibilidad presenta credenciales con orgullo de “negrita clase media que tocaba el piano”.
Sara es consciente de la ignorancia de las características de esa parte de la población negra y mulata de Cuba. Los negros y mulatos, la gente de color y precisamente los de clase media habían sido desconocidos al triunfo de la Revolución en ciertos sectores y reducidos a la categoría subalterna de negros, de pobres que no tenían aspiraciones y una tradición cultural y de lucha en todas las etapas de la historia de la nación. Esto forma parte de actitudes racistas, paternalistas que niegan los esfuerzos y la historia de ese sector que se remonta al siglo XVIII. Ya en pleno siglo XIX habían alcanzado determinado protagonismo social y nivel económico y se habían destacado en diferentes profesiones y oficios particularmente en las artes en la sociedad colonial(6). (Martiatu 2008, p.181).
Sin embargo, desde entonces este sector fue blanco de ataques y de burlas. Recuérdese solamente en el teatro bufo los personajes de “los negros catedráticos”.
Importantes figuras de este grupo social se destacaron en las guerras de independencia y en la vida cultural y política. Ya en el período republicano a pesar de las evidentes desventajas alcanzaron también representatividad en amplios sectores. Sara se reconoce como tal. En ese documental se trata no solo de la historia de una clase sino de la de su propia familia. La de los negros músicos, profesores, artesanos, que asistían a las sociedades de Guanabacoa y otras ciudades, fundadas especialmente por ellos y para ellos. Ella es consciente también de la ausencia de toda una iconografía que les es propia especialmente en el ámbito del cine. Develar esas imágenes para el cine cubano a través de una especie de álbum de familia es una hazaña estética, es un hallazgo más de este interesante, de ese bello y evocador documental. Las imágenes de esa familia negra irrumpen en un campo donde la imagen del negro había sido siempre distorsionada, estereotipada. Aquí nos muestra un mundo delicado y culto (7). (Martínez, 2007, pp.155).
Por todo ello podemos tomar el título del documental de Alessandra Müller y peguntarnos “¿Dónde está Sara Gómez?”.
A algunos negros despistados —que no son pocos— unos de clase trabajadora, pobre y otros hasta de la clase media, les han inculcado que esa clase no existe, que no tiene sus propias características y aspiraciones y que solamente fueron un remedo ridículo de la clase dominante blanca. Identifican cualquier rasgo específico en el ámbito profesional o artístico con lo blanco. Lo creen privativo de los blancos. Los negros según ese criterio no deben incursionar en esos campos, deben quedarse en su lugar, el lugar que ellos les tienen asignado y en todo caso agradecer. (8)
Muchos jóvenes negros y mulatos no conocen esa historia y no tienen el orgullo de lo que lograron e hicieron sus antecesores. Como pretexto de unidad y de un falso populismo se atacó a esa clase, sin embargo no a la clase media blanca y a los descendientes de inmigrantes españoles que precisamente con la Revolución reivindican con orgullo su origen y lo manifiestan públicamente sin ambages (9). Incluso algunos llegan a celebrar su prosapia esclavista, claro que teñida de cierto paternalismo de amo bueno.
Un ejemplo de lo que decimos fue la disolución de las sociedades negras. La Federación de Sociedades de Color, la cual era similar a la Asociación Nacional para el Progreso de los Pueblos de Color (NAACP) de los Estados Unidos. Esta Federación de Sociedades de Color tuvo su origen en el Directorio fundado por Juan Gualberto Gómez después de la abolición de la esclavitud. Su batalla por la igualdad fue muy exitosa en su tiempo, además ganó el completo apoyo de José Martí. Como el historiador Alejandro de la Fuente destacó, esta política, fue un pretexto para afirmar que era parte del proceso de la eliminación de la segregación racial en Cuba, de que estas sociedades no hacían falta y dar la impresión de que el problema racial estaba resuelto. Esto privó a los negros de la oportunidad de articular su propio discurso en cuanto al tema y tener que soportar posiciones paternalistas.
La más emblemática y reconocida de esas sociedades, El Club Atenas, fue suprimida por la resolución Nº 678 del Gobierno Provincial Revolucionario de La Habana, el 11 de julio de 1961. Se argumentó “que no está cumpliendo los fines para los que fue creada; que se desenvuelve de modo anormal; que constituye un serio obstáculo al cumplimiento de los objetivos de cordialidad cubana, de integración revolucionaria, y superación social que sustenta la obra reivindicadora del Gobierno Revolucionario”. “En septiembre de 1961 más de 170 de estas asociaciones fueron cerradas por las autoridades provinciales solamente en La Habana”, según Alejandro de la Fuente (de la Fuente, 2000.p.390).
Sara Gómez accedió a trabajar en el Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC) en un momento fundacional. Éste se había creado en marzo de 1959 y ella pasó a trabajar allí en agosto de 1961.
Esta mujer joven y negra logró realizar una importante obra. Catorce documentales y un largometraje de ficción.
NOTAS 

(1) ¿Dónde está Sara Gómez? (2006), Alessandra Müller (Suiza)
(2) Saluts les cubains (1963). Agnes Vardá (Francia)
(3) Madre de Ocha (sacerdotisa)
(4) Con respecto a la marginalidad es un tema que aparece solamente en dos de sus obras. En el documental Una isla para Miguel se toca tangencialmente, en realidad ella trata la reeducación en la isla. El hecho de que lo aborde en De cierta manera, su obra más conocida ha dado como resultado que se sobredimensione también en el conjunto de su obra. Sara realizó catorce documentales. La proporción es mínima.
(5)Guanabacoa: crónica de mi familia (1966)
(6) … la existencia de una pequeña burguesía de negros y mulatos libres con educación, algunos de ellos con dinero, negocios, profesiones libres y lo que era peor, con entrenamiento militar, hacen temer el ascenso de esa clase social. Resultarían líderes naturales de una revolución de esclavos como la ocurrida en Haití. Arango y Parreño tiene razón al referirse a esta clase, son un peligro, diría, al compararlos con los esclavos. “Todos son negros […] tienen las mismas quejas y el mismo motivo para vivir disgustados de nosotros…” (Arango y Parreño, 1971). Inés María Martiatu, “Plácido” En Más allá del héroe. Antología crítica de teatro histórico Iberoamericano. María Mercedes Jaramillo y Juanamaría Cordones Cook editoras. Editorial Universidad de Antioquia, 2008 pp-181.
(7) En 1959, en una población de más de 6 millones de personas, la tercera parte era social y oficialmente declarada como negros y mulatos y entre el 25 – 35% de ellos eran parte de una clase media “de color” (fundamentalmente profesionales). Los cientos de miles de negros y mulatos que en aquel entonces eran médicos, abogados, ingenieros, arquitectos, pedagogos, veterinarios, periodistas, maestros, enfermeras, técnicos, artistas, artesanos y obreros calificados servían como modelo para el resto de esta población. Ellos fueron vistos como los líderes naturales de este segmento de personas de piel oscura que tenían un nivel inferior en la sociedad. En: Iván César Martínez, The Open Wound: The Scourge of Racism in Cuba from Colonialism to Communism. Arawak Publications, Kingston Jamaica. 2007, pp. 155-176.
(8) El protagonismo alcanzado por los miembros de esa clase media en los siglos XIX y XX, a pesar de sus desventajas es evidente en las artes, las letras, la política y la cultura en general. Figuras como Antonio Maceo, Claudio Brindis de Salas o el poeta Plácido en el siglo XIX. Nicolás Guillén, Salvador García Agüero, el arquitecto y periodista Gustavo Urrutia y muchos más en el XX son ejemplos de ello.
(9) Es notable la persistencia de las sociedades regionales españolas que mantienen fuertes lazos con ese país, los grupos artísticos que se dedican a mantener esas tradiciones y sobre todo el número enorme de descendientes que reclaman la ciudadanía española actualmente en Cuba. Lo mismo ocurre con otros grupos como los chinos, árabes, etc.

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